Esta página celebra la vida y la cultura de los pampinos que crecieron en las oficinas salitreras de la Segunda Región. Compartimos historias, recuerdos y la esencia de nuestra comunidad. Únete a la conversación y revive la tradición salitrera con nosotros.
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Oficinas Salitreras Segunda Región de Chile
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Cumpleaños en la oficina Salitrera Chile años 60
Bellos recuerdos de nuestra inolvidable Pampa Salitrera
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PAMPA AMADA
Cómo conocí al «Patas de Lanas»
Tendría unos 5 o 6 años. Esperábamos con mi papá en la estación el tren que nos llevaría a la Oficina Chile.
Como toda niña de esa edad, yo era inquieta. Para que me quedara tranquila, mi papá me decía bajito al oído: «Si no te portas bien, ahí viene el Patas de Lanas y te va a llevar».
Yo abría los ojos grandes y miraba para todos lados, buscando entre la gente a ese señor. Pero el tren llegó, nos subimos, y nunca apareció.
Durante todo el viaje estuve agachada, revisando los pies de cada pasajero, uno por uno. Pero ninguno llevaba zapatos de lana.
Desde ese día se me quedó la inquietud clavada en el pecho, tenía que conocer a ese personaje.
Cada vez que viajábamos de Taltal a la pampa, yo iba pegada a la ventana, atenta. Escaneaba a la gente con la mirada, por si el famoso señor «Patas de Lanas» aparecía. Pero nunca lo lograba ver.
Hasta que ya más grande, mis papás me llevaron a una de sus visitas al cementerio de la Chile. Iban a ver a sus queridos difuntos.
Mientras mi mamá acomodaba las flores en los floreros del sepulcro y mi papá charlaba con un viejo amigo que se encontró, yo me puse a rondar. Como siempre, mirando los zapatos de la gente.
Y ahí fue. En medio de un grupo de personas que rodeaban una tumba, lo vi por primera vez.
Vestía un abrigo negro largo hasta los pies y un sombrero del mismo color. Y sus zapatos viejos… sí, estaban cubiertos de lana.
En vez de arrancar del susto como me enseñaron de chica, me acerqué. Con una alegría inmensa de haberlo encontrado al fin, después de tantos años buscándolo.
Estaba ahí, contándole a las personas la historia del hombre que yacía en esa tumba. Lo relataba con tanto detalle, con tanta cercanía… como si lo hubiera conocido en vida.
Así conocí al Patas de Lanas. No me llevó, sino que me contó una historia.
Y ahora entiendo algo que de niña no comprendía: Patas de Lanas no vino a llevarme. Vino a quedarse.
No se lleva niños inquietos… se lleva las penas. Recoge las historias de los que ya no están y las susurra al oído de los que seguimos vivos, para que no se olviden.
Por eso camino en silencio con patas de lana, para no despertar el miedo de los niños. Y sólo para abrigar el recuerdo de mi pampa amada.
Esto es pampa pura. Emoción, memoria y nostalgia en el mismo relato, que merece ser leído en voz alta bajo un algarrobo pampino.
PAMPA No sé que misterios escondes ¡OH pampa! que te metes en el corazón del que pisa tu calichoso suelo lo subyugas, lo cautivas, lo encadenas para siempre a ti. Quién vivió en tus áridas llanuras no podrá ya jamás olvidarte aunque esté en una bella ciudad sus calles pavimentadas no podrán hacer que olvide tus polvorientas callejuelas sus modernas casas y arquitectónicos edificios no lograrán borrar de su mente tus sencillas y pequeñas casas que otrora lo cobijaron. O si se encuentra a orillas del mar contemplando como revientan estruendosas las olas sobre las rocas vistiéndolas de blanca espuma allí estarás tú en sus pensamientos. O si en el campo disfrutando de los bellísimos paisajes que éste ofrece con sus hermosos ríos, valles y lagos con sus amaneceres impregnado de dulces trinos de alegres avecillas que son una verdadera fiesta admirando sus cerros alfombrados de generosa vegetación espacios que el Supremo Creador ha llenado de belleza y encanto. En un lugarcito de su corazón siempre estarás tú como diciéndole yo también soy parte de la creación de Dios y no soy menos hermosa que todo lo que tú admiras. Entonces en su mente aflorarán más nítidos los recuerdos de aquellos cerros desnudos pero hermosos, de mil colores y tonos de formas variadas y asombrosas contrastando con el límpido azul de tus cielos que no recuerda haber visto otros más bellos. Piensa en tus noches estrelladas, las más fantásticas que sus ojos han admirado y se da cuenta que se enamoró de ti. G I N A Derechos Reservados a: www.pampasalitrera.cl
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ANÉCDOTA INOLVIDABLE www.pampasalitrera.cl De todas mis anécdotas vividas en la pampa, hay una que no olvidaré mientras viva. Corría el año 50, por ese entonces se usaba mucho el sistema de ventas contra reembolso desde Santiago a provincias, y mucha gente de las salitreras Oficina Chile, Oficina Alemania, y Flor de Chile hacíamos uso de este servicio. Los pedidos ya fueran por correo o ferrocarril, había que retirarlos en la estación Catalina, distante a 25 kilómetros de la oficina Chile. Para llegar hasta allí teníamos que hacer el viaje en el camión que la compañía tenía para llevar y traer pasajeros del tren, recoger y devolver las películas que se exhibían en las oficinas, y a la vez retirar y entregar la correspondencia en los correos. Una tarde a comienzos de primavera, acompañada de una amiga de misma edad (15 años) nos embarcamos en el camión con el objeto de retirar un pedido de reembolso que yo había solicitado. En el vehículo nos encontramos con otra niña, también de 15 años, quien iba a dejar una encomienda. Al llegar a la estación nos dirigimos las tres a cumplir con el objetivo de nuestro viaje. Luego el tren hizo su ruidosa aparición y nos pusimos a contemplar lo que para nosotras era un interesante espectáculo. El chofer del camión realizó todo su trabajo allí, y en seguida con el vehículo cargado de bultos y pasajeros se dirigió al pueblo donde retiraría la correspondencia en la oficina de correos. Mientras tanto nosotras, “las simpáticas”, haciendo gala de nuestra coquetería femenina, nos quedamos en la estación conversando y dándonos una manito de gato, la que se prolongó más de lo debido. Cuando recobramos la noción del tiempo, emprendimos la marcha hacia el pueblo separado un kilómetro de distancia de la estación ferroviaria. Al llegar nos llevamos una sorpresa mayúscula, ¡el camión ya no estaba!, nos había dejado en tierra, ¿qué hacer?. Muy preocupadas nos dirigimos a la casa de un señor dueño de una vieja camioneta, quien los días de pago viajaba con negocio a la oficina Chile. Al conversar con él le pedimos nos fuera a dejar; pero él nos manifestó que le era imposible, pues no tenía batería. Nuestra única esperanza se había desvanecido, la única alternativa que nos quedaba era devolvernos a pie y así lo hicimos. Adquirimos en algún almacén algunos panes y un poco de cecinas y emprendimos la marcha a las cuatro de la tarde, sirviéndonos nuestro alimento. Mientras el sol nos alumbraba todo iba “viento en popa”, caminábamos conversando y riendo con la alegría propia de la juventud. Dejábamos atrás la cuesta “El macho muerto”, sobre la cual se tejía una leyenda de que no sé qué fantasma que se les aparecía a los caminantes solitarios. Luego el sol se nos fue alejando hasta perderse en el horizonte, allí comenzaron nuestros temores, poco a poco la noche fue tendiendo su negro manto bordado de brillantes estrellas sobre la pampa dormida, y en nosotras desapareció la alegría, la risa escapó de nuestra boca. Mientras un mutismo sellaba nuestros labios caminábamos tomadas de la mano, cada cual sintiendo los acelerados latidos de su propio corazón, el miedo nos hacía sentir como si en las sombras algo o alguien nos acechara. El efecto de los sándwich consumidos comenzó a hacer su efecto produciéndonos una sed tremenda, creo que si hubiera sido de día, habríamos visto espejismos de agua en el desierto. A intervalos el sollozo de algunas de mis amigas rompía el silencio, personalmente sólo pedía ayuda al Señor y creo que nunca antes lo había hecho con más fervor. Cuatro horas más tarde llegamos a nuestros hogares, cansadas, sudorosas y muertas de sed. Nuestros respectivos padres dieron un suspiro de alivio al vernos llegar sanas y salvas. Al día siguiente no me quería levantar, me dolía toda mi anatomía, igual les sucedió a mis compañeras. Al contar nuestra odisea a nuestros amigos no nos querían creer, era una aventura demasiada grande para tres quinceañeras. Fueron 25 kilómetros recorridos en una noche oscura en la solitaria pampa taltalina, donde el miedo, la sed y el cansancio fueron nuestra compañía. Virginia Arévalo O. «Gina»
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AMIGA MIA Amiga mía, despiértate de tu largo sueño levántate de tu salitroso lecho deja tus despojos y vístete con las luces del alba Ven conmigo subamos a los ripios como antes invítame a tu pasado dormido que estoy ansiosa de el Cuéntame de tus penas y alegrías y yo mi buena amiga te confidenciaré las mías Despleguemos las alas de nuestra fantasía y volemos por cielos infinitos Sentémonos en una mullida nube y desde allí contemplemos nuestra solitaria pampa Cubramos su desnudez con un verde manto de esperanza Poblémosla de gente, de casas con humeantes cocinas de barro de alegres niños correteando por las calles polvorientas Impregnémosla de bellas melodías del ayer, de aquellos boleros que cantaba lucho Gatica nuestro amor compartido el que nos hacía sufrir en silencio sin llanto ni gritos histéricos Hagamos renacer el amor bajo los pimientos de la plaza y en cada esquina que antes nos sirviera de escondite para las citas furtivas de todos los enamorados Amiga mía desde nuestra nube de ensueño encendamos las apagadas chimeneas pongamos en marcha la maestranza, la casa de máquina, la casa de fuerza, echemos a andar los trenes, abramos la pulpería, el hospital, la escuela y todo centro laboral despertemos con una tronadura las abandonadas calicheras Saturémonos de aquel pasado de juvenil ensueño corramos hacia el teatro llenémoslo de público Abramos el telón y saludemos con una graciosa venia verás como nos silban y admiran nuestra belleza como ayer Presentémosle la obra ”Cuando los hijos se van” o “la Dama de las Camelias” o quizás “Chuquicamata” y como siempre tú serás la primera actriz Tras el último acto nos aplaudirán a radiar se abrirá de nuevo el telón y todo el elenco recibiremos de nuestro querido público una gran ovación. Virginia Arévalo «G I N A» Oficina Salitrera Chile Derechos Reservados a «www.pampasalitrera.cl
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La Novia de la Pampa Relatada por el Señor Patas de Lanas También contaba el Señor Patas de Lanas la historia de una mujer llamada Virginia, que se le apareció en uno de sus caminos. Vestía ropas antiguas, pero muy elegantes. Le relató que había llegado desde Argentina junto a sus padres a estas salitreras, porque su padre, hombre de gran intelecto, había venido como administrador del ferrocarril que recorría la pampa. Ella, hija única, se veía muy preparada, decía el Señor Patas de Lanas. Pero sus lindos ojos reflejaban una tristeza profunda. Al verme en el camino, me alcanzó y me preguntó si había visto pasar a un señor alemán. Le respondí que en mi caminar me había topado con varios de ellos. —Yo busco al que ama mi alma —me respondió—. Él se llama Hermann. Entonces recordé al señor de ropas anticuadas que iba camino a Puerto Olivas, donde lo esperaba su amigo Henry para zarpar en su gran barco. —Me pareció verlo hace cinco días —le dije—. Iba al puerto para regresar a su país, por causa de la guerra. Ella rompió a llorar a gritos: —¿Por qué me ha dejado, si me prometió amor eterno? Yo, un tanto desconcertado, no hallaba cómo calmarla, decía el Señor Patas de Lanas, mientras ella se echaba en mis brazos desconsolada. —Quizás vuelva pronto —traté de consolarla—. En cuanto termine la guerra vendrá por usted. Pero ella no aceptaba mis palabras. —No creo que vuelva pronto —me decía entre sollozos—, porque la guerra recién comienza, y tal vez perezca en ella. ¿Por qué se fue sin mí? Yo no quise decirle que, cuando conversamos, él nunca se acordó de ella. Solo lloraba por la pérdida de sus salitreras. Yo me pregunto, decía el Señor Patas de Lanas, qué tienen de especial estos gringos que las mujeres se mueren por ellos. ¿Serán sus ojos azules? ¿O lo grande de su estatura? En mi caminar me he encontrado con otras mujeres que también buscaban desesperadas a estos deutsches. Pero ellos se zafaban de ellas como si nada, porque saben ser fríos en el amor. Son más racionales que emocionales, comentaba el Señor Patas de Lanas. Trataba de confortar a la bella señorita, y ella, entre sollozos, me contaba su apasionada historia de amor con ese indiferente alemán. Lo había conocido en las tertulias que realizaban para entretenerse los hombres de negocios. A las que ella asistía con sus padres, y disfrutaba mucho, porque allí también estaba Hermann: un hombre apuesto y muy inteligente, quien había viajado desde Alemania para hacer fortuna con el salitre. Por eso fundó salitreras en Chile. Él le había prometido casarse con ella, y la había pedido en matrimonio a sus padres. Pero justo entonces estalló la guerra de Alemania contra los aliados. Esa fue la última vez que hablé con Virginia, decía el Señor Patas de Lanas bajando la voz. Desde entonces, cada vez que cruzo entre las ruinas de las salitreras que fueron de Hermann, la veo. Aparece al anochecer, cuando la pampa se tiñe de rojo y el viento levanta tierra fina. Camina descalza sobre los rieles oxidados, con su vestido de encaje ya raído y manchado de polvo. Pregunta por Hermann a cada alma que pasa. Y si le dices que no lo has visto… se detiene. Te mira con esos ojos tristes, tan tristes que se te hiela la sangre. Luego sonríe. Una sonrisa que no llega a los ojos. —Entonces seguiré buscándolo —susurra—, aunque tenga que esperar cien años más. La guerra termina, pero mi promesa no. Y se pierde entre la niebla salitrera, arrastrando el ruedo de su vestido. Pero si pones atención… todavía se oyen sus sollozos entre los callejones de caliche. Todavía pregunta por él. Dicen los viejos pampinos que Virginia no descansa. Que mientras haya un caminante cruzando la pampa, ella seguirá preguntando por Hermann. Esperando un amor que se fue con el último barco y con la última vagonada de salitre. Y el Señor Patas de Lanas termina su relato, acomodándose las botas llenas de lana, alrededor del fuego de una oficina abandonada, y murmura pobre niña… Ojalá nunca te toque a ti encontrarte con ella en un camino sólo. Gina la Poetisa Pampina Derechos Reservados a pampasalitrera.cl
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Cómo conocí al «Patas de Lanas» Tendría unos 5 o 6 años. Esperábamos con mi papá en la estación el tren que nos llevaría a la Oficina Chile. Como toda niña de esa edad, yo era inquieta. Para que me quedara tranquila, mi papá me decía bajito al oído: «Si no te portas bien, ahí viene el Patas de Lanas y te va a llevar». Yo abría los ojos grandes y miraba para todos lados, buscando entre la gente a ese señor. Pero el tren llegó, nos subimos, y nunca apareció. Durante todo el viaje estuve agachada, revisando los pies de cada pasajero, uno por uno. Pero ninguno llevaba zapatos de lana. Desde ese día se me quedó la inquietud clavada en el pecho, tenía que conocer a ese personaje. Cada vez que viajábamos de Taltal a la pampa, yo iba pegada a la ventana, atenta. Escaneaba a la gente con la mirada, por si el famoso señor «Patas de Lanas» aparecía. Pero nunca lo lograba ver. Hasta que ya más grande, mis papás me llevaron a una de sus visitas al cementerio de la Chile. Iban a ver a sus queridos difuntos. Mientras mi mamá acomodaba las flores en los floreros del sepulcro y mi papá charlaba con un viejo amigo que se encontró, yo me puse a rondar. Como siempre, mirando los zapatos de la gente. Y ahí fue. En medio de un grupo de personas que rodeaban una tumba, lo vi por primera vez. Vestía un abrigo negro largo hasta los pies y un sombrero del mismo color. Y sus zapatos viejos… sí, estaban cubiertos de lana. En vez de arrancar del susto como me enseñaron de chica, me acerqué. Con una alegría inmensa de haberlo encontrado al fin, después de tantos años buscándolo. Estaba ahí, contándole a las personas la historia del hombre que yacía en esa tumba. Lo relataba con tanto detalle, con tanta cercanía… como si lo hubiera conocido en vida. Así conocí al Patas de Lanas. No me llevó, sino que me contó una historia. Y ahora entiendo algo que de niña no comprendía: Patas de Lanas no vino a llevarme. Vino a quedarse. No se lleva niños inquietos… se lleva las penas. Recoge las historias de los que ya no están y las susurra al oído de los que seguimos vivos, para que no se olviden. Por eso camino en silencio con patas de lana, para no despertar el miedo de los niños. Y sólo para abrigar el recuerdo de mi pampa amada. Esto es pampa pura. Emoción, memoria y nostalgia en el mismo relato, que merece ser leído en voz alta bajo un algarrobo pampino. «Gina la Poetisa Pampina» Derechos Reservados a: www.pampasalitrera.cl